02/12/2024
La belleza de la semana: fauvismo, aquellas fieras enamoradas del color
Fuente: telam
En el Salón de Otoño de 1905, un crítico se sorprendió con unas extrañas obras que formaban una “orgía de tonos puros”. Lo que parecía ser un descalificativo dio lugar al nacimiento de una de las grandes vanguardias
>Altanero, refinado, el crítico francés Louis Vauxcelles entró al Salón de Otoño caminando casi en puntas de pie. Saludó con un gesto adusto y se sumergió en la exposición. El recorrido era enorme —un total de 1636 obras de 577 artistas—, pero había una sala, una particular, la número VII, que quebró el itinerario. Al entrar, lo primero que notó en el ambiente fue una luminosidad densa y destellante, que inmediatamente lo agobió. Recorrió las obras, bajó varias veces sus gafas para apreciar mejor en detalle la desmesura, sacó su libreta del bolsillo del saco y anotó: “Donatello entre las fieras”. Era 1905, el siglo XX recién empezaba.
Vauxcelles veía un gesto errante: abandonar la rigurosidad de las figuras y los claroscuros para resaltar con exageración el brillo de sus tonos. John Elderfield, en su libro El fauvismo de 1983, define a estas piezas como “una deslumbrante combinación de energía y color”. La Sala VII contenía ocho obras de Henri Matisse, nueve de André Derain, cinco de Maurice de Vlaminck, cinco de Henri Manguin, cinco de Charles Camoin y cinco de Albert Marquet. Como un desvío, las de Georges Rouault se expusieron en la XVI. A partir de ese momento, estos salvajes exagerados, enamorados del color, formaron un nuevo movimiento: el fauvismo.
Es difícil precisar un inicio, un origen, el momento en que arranca la línea histórica, pero podría decirse que el germen del fauvismo es 1892, cuando Henri Matisse, que tenía apenas vientidós años, se incorporó al estudio de Gustave Moreau, un viejo héroe del romanticismo y precursor del simbolismo, en la Escuela de Bellas Artes. Ahí conoció a Georges Desvallieres, uno de los organizadores del Salón de Otoño de 1905, y a varios de los que expondrían ahí con él, como Rouault y Marquet; luego se sumarían al estudio Manguin y Camoin. Todos eran más jóvenes que Matisse, a quien consideraban como una especie de “adalid”.Lo que ocurría en ese estudio, explica Elderfield, era que “Moreau estimulaba, sobre todo, el cultivo de la individualidad (era el único académico que lo hacía), y su estudio fue el principal semillero del círculo fauve”. Lo que hacían era estudiar movimientos, artistas, formas: practicar, replicar, mejorar, innovar. Y ese espíritu movedizo se frena en seco en 1898, con la muerte del gran maestro. Matisse estaba de viaje, uno de antes, y al volver, no solo se entera del fallecimiento, sino que se encuentra con que ya estaba definido su sucesor: Camoin: para Matisse, el más conservador de todo el estudio. Entonces se aleja, pero nunca del todo.En esa época conoce a André Derain, en una visita al Louvre. Un hombre alto y enorme como una puerta con ganas de discutir un trazo torpe y secreto. Era hijo de un pastelero y había decidido abandonar la carrera de ingeniería para dedicarse a la pintura. A su vez, Derain le presentó a Maurice de Vlaminck, alguien a quien podría definirse como mucho más que un outsider. Vlaminck se ganaba la vida dando clases de violín y escribiendo novelas eróticas, y su verdadero sueño era ser ciclista profesional. Pero una fulera fiebre tifoidea lo bajó de la bicicleta y lo puso en la vereda, a la búsqueda de aspiraciones más terrenales.Hasta ese momento, el movimiento que venía dominando la escena era el impresionismo. El Salón de Otoño se creó en 1903, justamente para apoyar a los artistas impresionistas y acercar a los jóvenes a la tendencia. De hecho, se eligió el otoño para que se puedan exponer las obras realizadas en exteriores, y también para que funcione como alternativa a los salones oficiales que se hacían en primavera. Para 1904 la popularidad aumentó, por lo que pasó del Petit al Grand Palais y la edición del 1905 se volvió colosal: pintura, escultura, dibujos, grabados, arquitectura y artes decorativas en un total de 1636 obras de 577 artistas.
Y así como todo nace, todo explota, todo termina, el fauvismo murió un día de 1907 cuando Matisse y Derain hicieron caminos diferentes. Mirando hacia atrás, queda un tendal de obras exultantes con el gesto hambriento de la exageración. Y también Louis Vauxcelles, con su andar liviano, su gesto altanero, sus gafas redondas y su libretita. Lo mismo hizo en 1908, en la galería de Kahnweiler frente a una obra de Georges Braque: “una pintura hecha de pequeños cubos”, anotó, y así nació el cubismo. ¿Manipulación orquestada? ¿Esencialismo radical? ¿Primera gran vanguardia? ¿Azar histórico? Poco importa si lo que prevalece, pese a todo, es el color.
Fuente: telam
